El motor de la vida

Por Pato Che

Pancho sabe dónde está T-O-D-O

“Frío, frío”, le digo a Pancho, cuando la catarata de recuerdos amenaza con desbordar la cuenca de sus ojos. “Frío, frío”, responde golpeándose el corazón.

Son más de las once de la noche y las puertas del taller siguen abiertas. La voz ronca de Chavela Vargas invita a empinar otra cerveza y allana el camino para una nueva historia de trailero.

A esta altura, conozco todas sus anécdotas, desde la dura infancia en el rancho de Michoacán, hasta los años dorados de transportista. Pero me gusta oírlas una y otra vez, con la esperanza de que algún día sean arrastradas hacia el mar de las letras.

Hace ya un rato que acabamos el trabajo duro, pero las herramientas siguen esparcidas, como si en el caos de metales, el tiempo pudiera dilatarse. Entonces adivino su necesidad de revivir ayeres mejores, de aferrarse a esos recuerdos que hoy, frente a este recontador de historias, vuelven a poner en marcha el motor de la vida.

Linaje mecánico

Pancho sabe dónde está T-O-D-O

Durante este último mes en Saltillo, he dedicado más tiempo a la mecánica que al periodismo. Será por eso que lo que al principio me pareció un taller desvencijado, ahora se me asemeja a una escuela de ingeniería automotriz, con todas las herramientas alguna vez imaginadas y el mejor de los maestros.

Pocos pudieran imaginar que en esa anarquía de piezas viejas, Pancho sabe donde está T-O-D-O, desde el espejo retrovisor de un vocho de los sesenta, hasta una transmisión automática sepultada bajo un Everest de alternadores.

Son las reminiscencias de tiempos mejores, cuando una decena de empleados trabajaba bajo los mandos del “inge”, quien era el que daba el visto bueno a los cientos de motores Volkswagen que salían de “La Carcacha”.

En plena fiebre VW de los 80-90, al taller llegaban las flotillas de vochos del periódico local o de combis del servicio postal, para hacer de todo: mecánica, eléctrica, enderezado, pintura, cerrajería, lo que sea.

El negocio se completaba con la venta de refacciones y el reciclado de cadáveres vehiculares, que Pancho asegura haber apilado con la fuerza de sus propios brazos.

Hoy, tras el embate del tiempo, las crisis económicas y la llegada de la modernidad, el taller ha perdido los grandes clientes, pero conserva el mismo espíritu de “todo se puede”, que mi mecánico ha adoptado como filosofía de vida.

Y pese a las ofertas millonarias por comprar ese terreno tan valioso en el cuadro céntrico de la ciudad, Pancho se apega a él como una luz en el túnel de la existencia.

“¿En que quieres que me entretenga, mi Che?”, me dice con una mezcla de orgullo y nostalgia. Le digo que después de haber batallado tanto en su vida, tendría que vender todo y largarse con su esposa a una playa paradisíaca. “¿Y los nietos?”, ataja, “no podríamos vivir sin ellos”.

La Carcacha

Adelita en terapia intensiva

Los recuerdos de su infancia afloran siempre en la última ronda de copas, como si una barrera etílica los mantuviera a salvo de las garras del olvido. Entonces me entero de sus raíces indígenas, del resentimiento-orgullo hacia la figura paterna y las cuentas pendientes con la materna.

Luego vendría la huída púber en búsqueda de otros horizontes. Y vaya que los encontró, como mecánico, conductor de autobuses y, sobre todo, como trailero. Lamento no haber grabado esas descabelladas historias, que me transportaron en cuatro ruedas mucho más allá de la ficción.

Allí, en la ruta, un vuelco de la carga lo haría conocer a Myrna, con quien viviría los años más apasionados de su vida. Cual una versión mexicana de Bonnie y Clyde, los amantes atravesarían la frontera desde Estados Unidos con secretos envíos, que llegaban hasta las más altas esferas del poder.

Más tarde, con una nueva familia en camino, decidieron asentarse en el tranquilo Valle de Saltillo. Pero no era calma lo que allí les esperaba, sino tormenta, pues una desafortunada jugada del hijo adolescente más rebelde, los pondría en el ring con el corrupto sistema de justicia.

Pasaron los años, las mordidas crecieron y la kafkiana telaraña de la burocracia se fue depositando sobre el exitoso negocio familiar. Al menos, habría un descuento por tan alto precio: tras las rejas, el hijo pródigo se convirtió en artista. La libertad cobró vida en su lienzo de pintura y atravesó los barrotes con las teclas de un piano.

Mientras tanto, como si se tratara de un guión hollywoodense, su hermano se desvivía por estudiar las leyes con las que más tarde lo sacaría de la cárcel.

La noche del anuncio de su libertad tuvo como marco una ceremonia de gala, en la que frente a la prensa y autoridades federales, el gobernador le entregó al reo el premio estatal de la juventud.

La revancha le devolvió la vida a mi mecánico, pero para entonces la ciudad ya había caído en manos de los “nuevos” narcos, quienes a fuerza de cachazos y amenazas entraron al taller y se llevaron unos automóviles.

Hoy, solo unos pocos de aquellos que se decían amigos frecuentan “La Carcacha”. Son aquellos que, como yo, respetan a un hombre que siempre va de frente.

Todo se puede

Maestro y estudiante

“Solo contigo tiene tanta paciencia”, me dice Myrna, quien se esfuerza por no enderezar las historias retorcidas. Lo sé, lo sabemos, pues con cada tornillo que vuelve a su lugar, se acerca la hora de la partida.

En estas semanas, nuestra relación ha sido un tanto cómplice. Uno juega a ser padre, uno más paciente y condescendiente de lo que alguna vez fue. Otro vuelve a ser hijo y trata de llenar los momentos que nunca tuvo con su viejo.

Ambos lo intuimos y apostamos a perder.

Él pierde el dinero que podría estar haciendo con un vehículo más nuevo, pero se suma una nueva aventura que podría restarle ventaja a la muerte.

Yo pago caro la demora, pero me llevo un cajón de conocimientos y un puñado de episodios que palidecen cualquier libreto cinematográfico.

Y mientras tanto, en el frágil equilibro entre la chispa y la explosión, una amistad crece y se fortalece.


Dedicado a Pancho y Myrna, por tanta paciencia y atención…

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