Héroes de clase obrera

A working class hero is something to be…
John Lennon

Por Emma

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En la esquina de E Commerce y Mesquite Street, en los límites de uno de los barrios más pobres de San Antonio, Texas, se erige un mural en honor a un pilar de la economía estadounidense: los trabajadores latinos.

Las imágenes de los “héroes de la clase obrera”, como los llamó John Lennon, están acompañadas de una expresión que parafrasea la teoría del caos: “Un huracán de cambio está hecho de pequeñas cosas, como el aleteo de una mariposa”.

Y qué mejor frase para definir los 27 años de lucha de Southwest Workers Union, una organización que nació de las protestas contra la guerra de Vietnam y derivó en uno de los sindicatos más combativos del sur estadounidense.

Su sede, que nos cobijó durante nuestros días en San Antonio, está decorada con pinturas y frases de Emma Tenayuca y César Chávez, dos líderes obreros que lograron el reconocimiento de los derechos de los trabajadores latinos en Estados Unidos.

“Nuestra misión es educar a los trabajadores sobre sus derechos y guiarlos para que puedan exigirlos y mejorar sus vidas y la de sus familias”, cuenta Joaquín Abrego, organizador y representante del gremio.

En 1988, Southwest Workers Union (Sindicato de los Trabajadores del Sudoeste) se fundó para organizar a trabajadores de la educación (intendentes, choferes y empleados de los comedores), pero hoy agrupa a empleados y organizaciones de otros sectores. Entre ellos, Trabajadoras Domésticas en Acción, una organización que lucha por los derechos de millones de trabajadoras del hogar en Estados Unidos.

Un trabajo invisible

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“El trabajo doméstico es el que hace posible cualquier otro trabajo”, dice Irasema Cavazos, presidenta de Trabajadoras Domésticas en Acción en Texas.

Y es que gracias a estas mujeres, en su mayoría latinas, otras personas pueden ir a trabajar, sabiendo que hay alguien que cuida de sus hijos, de sus adultos mayores y que regresarán a una casa limpia y confortable.

“Sin embargo, existe muy poco aprecio por su trabajo”, apunta Irasema. “Se trata de una economía al cash, bajo el agua. Se las recomienda de boca en boca y así van acumulando trabajitos. Su salario promedio por hora es de $7.25 dólares. Si la patrona quiere que hagan su trabajo rápido, les pagan $15 dólares y las echan a la calle”, dice.

“No queremos que acepten trabajos por hora. Queremos que aprendan a negociar y a defenderse. Que digan: ‘¿quieres que te limpie la casa?, muy bien, déjame hacer una evaluación de lo que se requiere’. Y que además pongan sus requisitos, que digan ‘yo vengo a limpiar, no a organizar el hogar completo’, y que puedan obligar a las personas que las emplean, a que respeten su trabajo”, comenta.

“Abusan de nosotros, nos maltratan y humillan porque somos ilegales”, cuenta Juana Monsiváis, miembro de la organización. “Una vez me quisieron pagar $20 dólares en lugar de $50, porque acabé de limpiar muy rápido, pero les contesté: ‘¿Le parece que quedó limpio o no?’. ‘No, pues sí’, pero ya no volvieron a ocuparme, porque no me dejo”, dice orgullosa.

En los años 30, relata Irasema, el Fair Labor Standards Act (Acta del Trabajo Justo) obligó a los empleadores a respetar jornadas y salarios dignos para trabajadores de muchas áreas, pero los políticos del sur se negaron a incluir a las trabajadoras domésticas.

“Hemos hecho un gran esfuerzo para democratizar la carta de derechos para las trabajadoras del hogar. En Nueva York, ya se aplica. California también la ganó. Aquí, en Texas, va a ser muy difícil, porque es un estado muy republicano. Pero vamos a seguir luchando”, dice Alicia Pérez, trabajadora del hogar y organizadora de Trabajadoras Domésticas en Acción.

Educar para transformar

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“Una de las principales barreras que tienen las mujeres para exigir sus derechos es el lenguaje. No pueden opinar porque todo se conduce en inglés”, dice Irasema.

“El problema es que ellas no tienen tiempo para educarse, porque lo principal es ir a trabajar y llevar la comida a sus casas”, añade Alicia. “Si aumentaran sus percepciones ellas tendrían más tiempo para educarse y mejorar sus vidas”.

“Así que hacemos flyers, nos vamos a las paradas de autobuses, platicamos con ellas, les orientamos sobre el trabajo que hacemos. De acuerdo con los horarios de las trabajadoras, ofrecemos cursos de inglés, computación y educación cívica para que se preparen para la ciudadanía”, dice Juana.

“Las mujeres que llegan tienen mucho temor al principio, pero conforme van aprendiendo, se van impregnando de liderazgo para ayudar a otras mujeres. Ése el cambio, cuando reconocen cuán necesarias y capaces son. Tenemos la esperanza de que cuando se apruebe la reforma migratoria, ellas ya estén encaminadas”, comenta Alicia.

Un día sin latinos

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Si Barack Obama llegó a la presidencia de Estados Unidos, en 2008, y se reeligió, en 2012, fue gracias al voto de los hispanos. Atraída por la promesa de legalizar a cerca de 11 millones de indocumentados, la primera minoría del país acudió a las urnas como nunca antes y fue clave para el triunfo demócrata.

Pero la reforma migratoria nunca llegó. Al contrario, las deportaciones alcanzaron un máximo histórico durante la administración de Obama. Al menos, su partido logró que se aprobara el Dream Act (Acta del Sueño), que le permitirá a algunos estudiantes indocumentados obtener una visa de residencia temporal y, una vez graduados, la residencial legal permanente.

La medida restauró la fe de algunos hispanos, pero “sabemos que están engañado a la gente”, apunta Alicia. “Si la reforma migratoria llegara a pasar, muchísimas personas haríamos un esfuerzo para pagar multas, recargos y todo lo que ellos pidan con tal de arreglar este estatus tan deseado, pero ¿cómo vamos a calificar si piden que ganes más del salario mínimo, al que no podemos acceder por no tener documentos?”, advierte.

“La economía sale adelante no nada más por las trabajadoras domésticas, sino por todos los trabajadores ilegales: albañiles, carpinteros, intendentes”, agrega Juanita.

“Necesitamos los papeles, no para trabajar, sino poder regresar a ver a nuestras familias. Tengo muchos años que no voy a México. Mi esperanza es que me den los documentos para poder ir a ver a mis nietos y bisnietos”, dice entre lágrimas.

Sembrando el cambio

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“Southwest Workers Union empezó organizando trabajadores, pero cuando el número de miembros empezó a crecer, los chicos empezaron a venir y en atención a ellos empezamos programas juveniles”, cuenta Joaquín, mejor conocido como “Joaquín Muerte”.

“Les enseñamos a que ellos mismos se organicen para crear cambios en sus comunidades. Hace tiempo hablábamos de la importancia de la buena alimentación, entonces surgió la ida de un jardín comunitario, que tenemos aquí en nuestro patio. Los niños están llevando esas ideas a sus escuelas y a sus hogares”.

La organización trabaja también con campañas de concientización del voto y programas medioambientales. Pero sin duda, uno de los proyectos más interesantes es el de Universidad Sin Fronteras.

“Tenemos cinco o seis universidades en San Antonio, pero prestan más atención a las misiones y a las bases militares. Aquí solía ser un centro de encuentro de personas que venían de diferentes lugares, de indígenas que fueron colonizados y sus tierras arrebatadas, después vino la revolución texana-mexicana y ahora la migración.

“En este sentido, creamos la Universidad Sin Fronteras, una escuela comunitaria donde aprendemos sobre el racismo, su historia, la historia de nuestra tierra, de dónde venimos. Incluso proveemos acceso a libros proscritos en las escuelas de estados como Arizona, porque cuentan la historia de los oprimidos, de nuestra gente, de los méxico-americanos y de los nativos americanos.

“Buscamos una emancipación de conciencia, descolonizar nuestra mente, para que lo podamos hacer en nuestra comunidad, porque como dicen, la revolución comienza en casa”, asegura Joaquín Muerte.

“¿Crees que un mundo mejor es posible?”, le preguntamos.

“¡Pero claro! Si el cambio viene del corazón va manifestarse de una manera u otra. Un mundo mejor es posible a través del amor a lo que hacemos. El Che Guevara solía decir que ser un revolucionario era un acto de amor. Y sí, amor es lo que se necesita. Love is all you need”.

 

 

Agradecimientos:
– A Fito y Susana Segura por el contacto con Southwest Workers Union.
– A Joaquín Muerte, por la hospitalidad y los momentos compartidos al ritmo de la música chicana.
– A Irasema, Juanita y Alicia, por su atención y su labor a favor de las mujeres latinas.
– A todos los trabajadores de origen hispano, con y sin papeles, un pilar fundamental de la economía y el desarrollo de Estados Unidos.

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