Migrantes somos todos

Por Emma/Pato Che

*Miniatura Migrantes

Desde las oficinas de la Casa del Migrante de Saltillo, que hoy fungen como camerino, se puede escuchar la cocina que no para. Aquí el pan, literalmente, se multiplica.

Mientras nos disfrazamos para la función de Atrapasueños Cabaret, afuera cenan al menos trescientos migrantes. Vienen de Honduras, Guatemala, El Salvador, Nicaragua. La pobreza o la violencia en sus comunidades los ha expulsado hacia el norte, con la esperanza de encontrar una vida mejor. Atrás dejaron hijos, padres, esposas, amigos, amores.

La mayoría entró al país por Tapachula, Chiapas, para montarse en “La Bestia”, un tren de carga que transporta una mercancía extra, ilegal: la ilusión de casi medio millón de almas, que cada año viajan apostadas en los techos de los vagones.

En su periplo, han sufrido todo tipo de vejaciones. Han sido asaltados, golpeados y secuestrados, tanto por el crimen organizado, como por policías y agentes de migración.

Por eso, hemos venido hasta aquí, para compartir nuestra solidaridad y cariño, a través de un show que habla de la importancia de perseguir los sueños. Al fin y al cabo, nosotros también somos migrantes, como todos.

Prohibido ser humano

DSC_0081La migración ha sido parte de la historia de la humanidad desde sus inicios. Sin embargo, la extraña lógica del liberalismo la ha convertido en un delito, pues hoy las fronteras están abiertas a las mercancías, pero no a las personas.

Se trata de un proceso de criminalización que desnuda lo peor de los gobiernos: el racismo, la discriminación y la incapacidad de diseñar políticas migratorias apegadas a los derechos humanos más básicos.

Esto resulta, cuando menos, irónico. Pues son los inmigrantes, los indocumentados, los de afuera, quienes sustentan la base de la economía de los mismos países que los rechazan.

Es cuando el fenómeno se vuelve forzado, ya que para muchos no queda otra opción que migrar para encontrar un sustento, aun cuando eso implique arriesgar la vida.

Y en ese camino de muerte, hay pocos refugios donde lamerse las heridas. Uno de ellos es la Casa del Migrante de Saltillo, en el estado de Coahuila, a tan solo unas horas de la frontera del American dream.

“Nunca pensamos que habíamos acumulado lo necesario para una casa digna, no teníamos fondos, pero la ola de migración que se incrementó tras el paso del huracán Mitch, por Centroamérica, en 1998, y el asesinato de los hondureños Delmer Alexander, David e Ismael de la Cruz, en Saltillo, en 2001, fueron los detonantes para abrir el albergue y constituir la asociación civil Frontera con Justicia, en 2004”, nos cuenta el padre Pedro Pantoja, fundador del albergue.

Los guardianes

*Padre Pedro PantojaDesde que se fundó hace once años, esta casa ha recibido cerca de doscientos mil migrantes. La ONG es parte de una red de 54 albergues en territorio mexicano, que además de brindar un hogar temporal a los migrantes, busca poner al fenómeno migratorio en el centro de las luchas sociales.

“Nosotros tratamos de ser la cobertura social y política de este éxodo empobrecido y forzado. Si los consulados de América Central se unieran con nosotros, salvaríamos muchas vidas y evitaríamos tragedias”, dice Pantoja, en referencia a la masacre de 72 indocumentados en San Fernando, Tamaulipas, en 2010, que dejó ver la punta del iceberg de la problemática.

De acuerdo con el activista, existen muchos otros casos, denunciados y documentados por Frontera con Justicia A.C., que evidencian la falta de un Estado de derecho mínimo, pues muchos de los cuerpos policíacos, procuradores, fiscales y fiscalías son cómplices de un genocidio moral.

“Es la muerte moral para un migrante que vendió su propiedad y se endeudó con tres mil dólares para pagar un coyote, que dejó a su familia desamparada. Y cuando parece que por fin va a cruzar el Río Bravo, lo detienen y lo deportan. Ahí murió ya”, agrega Pantoja.

Además, relata, las estaciones migratorias son auténticas cárceles, donde muchos migrantes son “vendidos” por las mismas autoridades al crimen organizado.

“Para la jurisprudencia mexicana no es delito grave que un policía despoje de sus pertenencias o mate a un migrante que está hambriento después de andar miles de kilómetros. Y si piden justicia ¿de qué va a vivir ese migrante si el proceso puede durar años? ¿A qué vienen entonces, si regresan peor, golpeados, mutilados o en cajas de muertos? Es una migración sin futuro”, dice.

Y concluye: “¿Cuántas muertes quieren más? Esa es la pregunta que le hacemos al gobierno. Esta migración empobrecida y forzada tiene derecho a un tránsito libre”.

Sueños sin fronteras

IMG_1077“Seguro que se la saben, espero que canten conmigo”, dice Eduardo Calderón, en el interludio del cabaret. Gracias a este psicólogo-artista-activista y gran amigo, estamos a punto de vivir uno de los momentos más emotivos del viaje.

Las voces de trescientos hermanos latinoamericanos se unen en el estribillo de una canción de Jesús Adrián Romero, que se ha convertido en el himno de los migrantes: “Cansado del camino, sediento de ti, un desierto he cruzado, sin fuerzas he quedado, vengo a ti”. La energía es tal, que se hace imposible contener las lágrimas.

Entonces, el nombre de nuestro humilde acto cobra aún más sentido, pues muchos de los migrantes llevan un atrapasueños colgado al cuello. No es casualidad. Son un ejército de soñadores.

El ambiente de humanidad que estamos respirando nos hace imposible entender la saña del gobierno contra estas personas. Nos invade la vergüenza. Sobre todo por estas fechas, en las que se celebra la independencia mexicana ¿Festejar qué? Habría que pedir disculpas.

Al finalizar el espectáculo, nos llueven muestras de afecto y agradecimiento como nunca habíamos hemos recibido. Ni siquiera en esos escenarios internacionales que alguna vez compartimos con Eddy, como parte de una compañía de folclore mexicano.

Como artistas, la experiencia ha sido una de las más enriquecedoras. Una prueba del poder del circo social, de que el arte puede cambiar al mundo, aunque sea por unos minutos.

También como humanos y caminantes, pues comprobamos aquello que repiten una y otra vez los viajeros de todo el mundo: que son los que menos tienen, quienes más dan.

Fue una tarde inolvidable que reviviríamos días más tarde en las páginas de un periódico local, cuando estábamos a punto de cruzar la frontera con Estados Unidos. Allí, aun con el privilegio de una visa de turista, sentiríamos un poco de la injusticia que sufren a diario miles de migrantes latinos.

 

Gracias a:
La Casa del Migrante de Saltillo
Al padre Pedro Pantoja y la madre Lupita, por recibirnos.
A Eduardo Calderón, por la invitación a la casa, por su apoyo y cariño.
A todos los migrantes y amigos que asistieron a Atrapasueños Cabaret, en especial a Jorge, de Honduras, por ayudarnos con las luces y la tramoya.
A Sheila Hernández Cázares, por fungir de fotógrafa.
A mamá y papá Mihi y a “La Tía”, por ayudar en la cocina, el día del show.
A Kowanin Silva, César Gaytán, Omar Saucedo y Elí Vázquez por el hermoso reportaje en Semanario.
De nuevo, a Pancho y Myrna por acompañarnos hasta el último kilómetro de la ciudad.

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