(Not) Welcome to USA

Por Pato Che

IN DONT WANT YOU

“Crucemos por Piedras Negras a Eagle Pass”. La idea sonaba bastante sensata, sobre todo por nuestro arraigo en Coahuila, un estado mexicano separado de Estados Unidos por las aguas del Río Bravo y con fuertes lazos socioculturales con Texas (que fue parte de México hasta 1836).

Aquel día madrugamos –hasta nos bañamos– y encaramos hacia la puerta trasera del Tío Sam con una gran sonrisa, mezcla de nervios y felicidad, la cual se fue disipando a medida que avanzábamos por el puente internacional.

Llegamos a la caseta a buena hora, antes de que el cruce fuera invadido por la horda de “paisanos” que trabajan, estudian y compran su despensa “del otro lado”.

La oficina de “permisos”, que los mexicanos requieren para internarse más allá de “la milla” 30 y los extranjeros para atravesar siquiera un centímetro la línea divisoria, estaba vacía. Mamá Mihi, quien nos acompañaba desde Saltillo, y Tadeo, que se sumó a la expedición en Sabinas, ya tenían sus permisos, por lo que esperaron afuera, junto a Chai.

Un par de oficiales “pochos” (hijos de mexicanos, nacidos en EE.UU.) interrumpieron su amena charla cuando nos vieron entrar.

– ¿Qué quieren?– dijo el agente Gómez, sin siquiera saludar.
– Buenos días, queremos sacar un permiso– respondió el Pato Che, con su dudoso acento argento-mexicano.
– ¿Qué permiso?
– Pues… el permiso…– La pregunta nos sorprendió, pero procedimos a explicar nuestro itinerario hacia Alaska.
– A ver sus papeles– dijo míster Gómez, con peculiar mal humor.

Un pasaporte argentino y tres visas láser se posaron sobre el escritorio.

– Sus papales, dije: cuentas de banco, comprobantes de domicilio…

Nos miramos desconcertados, pues era la primera vez que nos pedían algo así para entrar al Gabacho*.

– Disculpe, no sabíamos… es que por Laredo…
– Esto no es Laredo– dijo tajante.

De ahí en adelante, la comunicación fue decayendo. Aunque efectivamente hablábamos idiomas distintos, parecía que veníamos de planetas diferentes. Tratamos de mediar en inglés, pero no hubo forma. Finalmente, Gómez sacó una lista de “requisitos”, escrita en un español casi indescifrable.

– ¿Nos está negando la entrada al país?– increpó el Pato Che.
– No, pero sin estos papeles, no pueden entrar–. Fin de la conversación.

La excusa terrorista

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La lista incluía: comprobantes de domicilio, estados bancarios y recibos de sueldo de los últimos tres meses, así como una “carta del empleador” en la que manifiesta que el interesado solo está de vacaciones, entre otras banalidades. De haberlo sabido…

Al final, negociamos que intentaríamos imprimir lo que estuviera a nuestro alcance y emprendimos la vuelta a territorio nacional.

En un mall de Piedras Negras, echamos manos al asunto. Mamá Mihi engordó la cuenta de Robert, el Pato Che imprimió flacos estados de cuenta, Emma improvisó cartas de empleadores, Mihi se encargó de los comprobantes de domicilio y Tadeo cuidó a Chai.

Volvimos a la caseta, ya pasado el mediodía. Esta vez, nos tocó hacer cola.

En la espera, observamos al menos dos casos de abuso de autoridad, cobijados bajo el manto de Acta Patriótica y un póster de las Torres Gemelas en llamas y la frase: “un terrorista solo tiene que tener suerte una vez”.

El primer caso fue el de un joven que, contento por haber sorteado con éxito un interrogatorio tipo Gestapo (en un cuarto separado y con agentes que juegan al bueno-malo), casi se olvida su teléfono celular, que había sido incautado y revisado a detalle.

El segundo: un señor de avanzada edad al que la oficial Rodríguez no se cansó de maltratar. Mientras el pobre hombre intentaba hacer memoria para responder a las preguntas capciosas (de qué color es la casa, el auto, el perro… de su hijo residente en EE.UU.), los oficiales se burlaban de él en inglés: this one is a liar.

No pasarás

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El primero en pasar al banquillo, fue el Pato Che, cuya encantadora sonrisa logró quebrantar la barrera de la oficial Jiménez. “Pague y vuelva por su pasaporte”.

El segundo fue Mihi, quien siempre tiene problemas a la hora de cruzar fronteras. Sin embargo, en esta ocasión, sus gordas cuentas bancarias hicieron el milagro. “Pague y vuelva por su pasaporte”.

El tercero fue Robert, quien convenció a la oficial de que las extracciones de su cuenta bancaria eran en realidad depósitos de sus pacientes, por consultas psicológicas vía Skype. Glup. “Pague y vuelva por su pasaporte”.

Solo quedaba Emma, quien se enfrentó a la ira de la oficial Jiménez.

– ¿Crees que esta carta tiene alguna validez? Cualquiera la puede hacer– sentenció la oficial.
– Es que me la acaban de enviar por email– dijo Emma, hecha un manojo de nervios.
– ¿Cuántos días piensas permanecer en territorio estadounidense.
– Mmm… no sé… como ellos… el tiempo para llegar a Alaska… ¿unas tres semanas?
– Mira, con estos papales, tú no calificas ni para un día. No te puedo dar el permiso.

Un vendaval de frustración se apoderó de Emma, quien desde niña cruzó al Gabacho junto a sus tías fronterizas y tampoco tuvo problemas en otros tantos países, ni como artista de folclore ni como mochilera. Lágrimas de rabia y desilusión desbordaron la cuenca de sus ojos. No podía asimilar que su sueño estuviera rebotando contra una fría pared fronteriza.

Hey you, uncle Sam

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Movido por la indignación, el Pato Che se acercó mediar. Y pese a las súplicas de Emma, quien temía que no dejaran entrar a Chai, sacó la revista de City Club en la que habíamos ocupado la portada, con perro y todo.

Look, we are not lying. Aquí esta la prueba–, dijo al entregar el ejemplar al oficial Sánchez.

Los semblantes de los agentes cambiaron como por arte de magia. Mientras la oficial Jiménez se retiró a consultar a su superior, Sánchez hojeó la revista y Méndez ingresó a nuestro sitio web.

– ¿Será que la perrita aguantará el frío de Alaska?– dijo Méndez, sonriente.

De nuevo Chai –escondida en Adelita–, volvía a ser la luz al final del túnel.

Explicamos a míster Sánchez que afuera se encontraba la madre de Emma y Mihi, quien garantizaba el sustento de sus hijos y trabajaba entonces para el gobierno mexicano.

– ¿Y por que no vino la señora?– ¡Buena pregunta!

Mamá Mihi entró al quite. Sin embargo, se requirió de otra vuelta a territorio mexicano para imprimir más documentos.

Lo cierto es que al cabo de más de siete horas de negociación, finalmente todos obtuvimos los permisos para ingresar al imperio. Pero aún nos esperaban más sorpresas en el área de revisión.

Laberinto kafkiano

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– Pongan su perro en esa jaula y abran las puertas de los vehículos– ordenó míster Richard, el primer y único oficial “gringo” con el que nos tocó tratar. Por increíble que parezca, en las fronteras con México, los agentes estadounidenses ofrecen mejor trato que aquellos lejanos parientes que han olvidado sus raíces.

Richard se interesó en la travesía y solo mostró preocupación por la cantidad de elementos circenses.

– Saben que no pueden trabajar en USA ¿verdad?– dijo en inglés.
Yes, sir. A veces hacemos shows para ONGs que trabajan con niños de la calle.
That’s fine. ¿Cuánto tiempo se quedan en USA?
– Depende del clima y del vehículo, esperamos llegar a Alaska antes del invierno.

Mr. Richard frunció el ceño.

– Tú pareces un tipo inteligente– le dijo al Pato Che, que como todo argentino coincidió en la apreciación–, sabes que no puedes overtsay (término sin traducción literal, que significa quedarte más tiempo de lo permitido).
– Sí señor. Aquí lo dice claro: seis meses y entradas múltiples.
– ¡No! Que el permiso diga eso, no significa que puedan quedarse ese tiempo…

En ese punto, al Pato Che le dieron ganas de entrar en debate sobre uno de los asuntos más bizantinos de la política migratoria estadounidense: la falta de un registro de salida, que es casi un insulto al contribuyente norteamericano, quien paga impuestos en aras de una mejor seguridad.

Y es que cualquier ladrón, violador, asesino e incluso terrorista, que haya cometido un crimen en Estados Unidos puede irse del país sin problema alguno, pues del lado mexicano tampoco hay control migratorio, solo de aduanas.

Imagine entonces a un grupo de terroristas que después de cometer un atentado, abandona el país, sombrero en mano, para disfrutar de un margarita en plena Riviera maya. No necesitan mucha “suerte” que digamos.

– Sí, claro– contestó el Pato Che, mordiéndose la lengua.

El colmo de la seguridad

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Pero la cuestión del “permiso” tiene aún otra arista. Resulta que aun cuando dice “entradas múltiples” y establece un límite de seis meses de estadía legal (sin importar si alguien quiere estar solo un día o incluso solo hacer una escala en el país), hay confusión en cuanto a su uso y validez.

Contrariando por completo el término “entradas múltiples”, al dorso de la forma migratoria hay un texto en letras chiquitas que sugiere entregar el permiso a la salida del país a alguna autoridad estadounidense. Pero ¿a cuál? si cuando uno sale del país ¡no hay ninguna!

De ahí que quedan dos alternativas:

1) devolver el permiso a personal de la aerolínea o del autobús con el que se abandona el país. Imagine otra vez –si es que puede–, entregar este “sagrado” papel, que tanta burocracia, tiempo y dinero costó obtener (100 dólares para aplicar a la visa en el país de origen –sin importar si se la niegan– y 5 dólares por cada permiso), a un panzón chofer mexicano ¿Cómo saber su destino?

2) La opción más “segura” es, una vez afuera del país, regresar a la línea fronteriza de Estados Unidos, hacer la cola, encontrar la oficina de permisos y entregarlo a un oficial, que en la mayoría de los casos, solo ¡lo rompe!

Una dolorosa baja

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Aun cuando míster Richard nos dio el visto bueno para seguir camino, incluyendo un efusivo “¡Buena suerte con su travesía!”, las sorpresas no se acabaron ahí.

Resulta que los oficiales gringos enviaron a una agente pocha –a quien claramente estaban capacitando– a interrogarnos. Irónicamente, el problema no fueron los vehículos –de los cuales ni los papeles de propiedad ni los seguros pidieron–, ni la perra –de quien ni vacunas verificaron–, sino un permiso aún “vigente” que mamá Mihi tenía en su cartera y había olvidado por completo.

Sin tacto ni instinto alguno, la oficial se empecinó con la persona más solvente del grupo y la menos interesada en quedarse en Estados Unidos.

– Yo creo que usted se quiere quedar en los Estados Unidos de América–, exclamó la oficial, con un acento tan gracioso como irritante.

Acto seguido incautó su teléfono y revisó su cartera hasta el último detalle. Al encontrar un escuálido fajo de dólares, la agente reaccionó como si hubiera dado con un criminal financiero internacional.

– ¿Y qué piensa hacer con todo este dinero?

La pregunta daba risa, pero Emma grande explicó tranquilamente que pagaría su crédito en una cadena comercial, lo cual en parte era cierto (el resto era para ayudarnos a llegar a Houston, desde donde ella se regresaría a México).

Cuando el Pato Che se acercó a mediar, la oficial puso una mano en su pistola y ordenó una retirada inmediata.

Al final, no hubo manera de explicarle la situación y la guardiana del orden rompió el permiso de Mamá Mihi, quien entonces solo pudo cruzar a la zona fronteriza, como todos los mexicanos con visa láser. Bien podría haber vuelto a México y pedir otro permiso, pero no valía la pena pasar otra vez por todo ese laberinto kafkiano.

Así que con una profunda desazón, nos despedimos de nuestra héroína del día en un insípido estacionamiento de un parque comercial de Eagle Pass, desde donde continuamos camino hacia el corazón de la tierra prometida.

Los hermanos Mihi acompañaron a su mamá hasta la calle más próxima al “bordo” para que cruzara a pie el puente internacional. Emma, bañada en lágrimas, abrazó a su hermano, quien le susurró al oído “qué chida má tenemos ¿verdad?”

Ah, y para el registro: nadie dijo “Welcome to USA”.
Cosas del sueño americano.

 

*Gabacho: del francés gavache, natural de algún pueblo de las faldas de los Pirineos. El término lo empezaron a utilizar los españoles para referirse despectivamente a los franceses invasores. En México también se utilizó para denominar a los franceses invasores, pero por esas cosas del lenguaje, luego se empezó a llamar “gabachos” a los estadounidenses (también llamados “gringos”). Por ende, ir a Estados Unidos, es ir al “Gabacho”.

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