Tierra y alma kikapú

Por Emma/Pato Che

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Tras repetidas despedidas y ajustes mecánicos de último momento, finalmente dejamos el Valle de Saltillo y nos encaminamos hacia la frontera de Coahuila con Texas, en territorio kikapú.

La prueba de fuego para el “nuevo” motor de Adelita –ahora custodiada por el vocho de Mihi– fue “La Muralla”, uno de los pasos más altos de la Sierra Madre Oriental, donde nos quedamos con ganas retratarnos con la famosa estatua de “El oso”, que pasó a ser una baja más de la “guerra contra el narco”.

En Sabinas, tierra de vaqueros y famosos clamatos*, montamos Atrapasueños Cabaret para los amigos y vecinos de la familia Palacios, que nos arropó durante los días previos a nuestra partida hacia Estados Unidos.
Y mientras disfrutábamos de la gastronomía sabinense (tortillas de harina, barbacoa, carne asada, tamales…) y tapizábamos el interior de Adelita, empezamos a buscar la manera de visitar a la tribu kikapú, que se caracteriza por ser muy cerrada al público.

Los kikapú, cuyo nombre significa “los que andan por la tierra”, son descendientes de las tribus angloquinas que, empujadas por la colonización del norte de Estados Unidos, migraron desde Los Grandes Lagos de Michigan hasta el desierto de la Región Carbonífera coahuilense, a mediados del siglo XVIII.

El gobierno mexicano les concedió tierras a la vera del Río Sabinas, en el municipio de Melchor Múzquiz, donde fundarían la reserva “El Nacimiento”, a cambio de que combatieran a las tribus apaches, pawnees y comanches.
Junto a los negros mascogos, son las dos únicas tribus indígenas del noreste de México. Por eso, insistimos en visitarlos, sin saber que la entrevista con el líder de la tribu, Chakoka Aniko Manta, sería una de las últimas –y quizá la más íntima– que daría en su vida.

El encuentro

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Luego de varios intentos fallidos, el pasaporte para acceder a la comunidad kikapú fue Dulce, la “negrita mascoga” novia de Chito, uno de incontables hijos del jefe Chakoka. Llegamos a ella gracias al “Güero”, quien se enteró de nuestra misión, durante noche de cartas blancas* con el Pato Che.

Partimos temprano en la mañana, antes de que los rayos ultravioletas despierten el vapor del desierto. A medida que nos acercamos a “El Nacimiento”, el árido paisaje va ganando color hasta convertirse en un auténtico oasis, gracias a las aguas cristalinas del Río Sabinas, amenazadas hoy por la fiebre del fracking.

“Esas son las casas mexicanas”, nos dice Dulce, señalando las viviendas más modernas de la comunidad. De una de ellas, se asoma el gran jefe Chakoka Aniko. Su andar erguido, gafas de sol, botas y sombrero vaquero, lo hacen ver tan fuerte como las raíces de los huizaches que se aferran a las arenas del semidesierto.

“Habla despacio, que estás hablando con indio”, dice mientras nos invita a la mesa.

Al principio, se muestra inflexible y reacio a la cámara. Repite una y otra vez los códigos de la tribu. Entre ellos, el acceso restringido a las mujeres en sus días de menstruación.

Sin embargo, después de la comida, se abre, pues entiende que somos viajeros y que, al igual que ellos, “andamos por la tierra”.

La última entrevista

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“Aquí andamos, chingao, pero a lo mejor me muero ¿me entiende?”, fue lo primero que dijo. Meses más tarde, sus palabras cobrarían sentido. Dejó este mundo para ir al encuentro de Kitzihiata, “el Gran Espíritu de los kikapús”, con quien cazará venados eternamente.

Su muerte, el 16 de septiembre de 2014, tomó a todos por sorpresa, porque al jefe no le gustaba dar malas noticias. “Les encargo mucho que no anden enojados con nadie y que no cuenten malas noticias, porque si dan malas noticias ¡a la chingada!… van pesando. Si tiene malas noticias, trágueselas, no las suelte. Es mejor que platique algo bonito, pa’ que esté a gusto, pa’ que viva bien. Así soy yo, nunca le doy malas noticias a nadie, sino puro bien”, nos dijo aquella tarde, sentados frente al portal de su casa.

Jefe de jefes

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De Chakoka Aniko no abundan biografías, ni semblanzas. Poco se sabe de cuándo nació, pero se calcula que fue entre 1931 y 1934, época en la que el presidente Lázaro Cárdenas ratificó la colonia agrícola de “El Nacimiento” y su derecho consuetudinario a la caza de venado, animal que representa el centro de la vida kikapú.

Su nombre significa “el que puede enfrentar muchos oponentes”. Muchos dicen que tuvo cuatro, diez, veinte, hijos, pero a nosotros nos dice que fueron seis varones y seis mujeres, que alcanzaron a darle 73 herederos, entre nietos y bisnietos.

Por ellos y para ellos vivió Don Chako. Por su pueblo, por preservar su cultura y tradiciones. Como líder moral de la tribu, se encargaba de celebrar los nacimientos, los casamientos, los funerales, los ritos de cacería y purificación.

Su trabajo también fue político. Luchó por el reconocimiento de su tribu como nación indígena transfronteriza y tendió puentes diplomáticos entre los gobiernos de Texas y Coahuila.

Su instrumento: la tecnología. No perdía oportunidad de asistir a eventos o de aparecer en medios de comunicación. Tenía dos teléfonos celulares que rara vez descolgaba de su cinto, uno con cobertura nacional, el otro para estar en contacto con Eagle Pass y Oklahoma.

Su gran carisma lo llevó a socializar con todo tipo de personas, desde autoridades gubernamentales, hasta músicos, periodistas y viajeros, como nosotros.

Aunque no sabía utilizar internet, pedía a sus visitantes teclear en la computadora cuatro palabras: “México”, “Coahuila”, “tribu”, “kikapú”. “Ahí sale mucho Chako, corriendo caballos y bailando con tambor y penacho”, decía.

“Aquí en la reservación de los kikapú, mantenemos la tradición”, nos platica, mientras un pequeño husky siberiano juega a su alrededor. “Nosotros sembramos y criamos el ganado, de ahí comemos, de ahí vestimos”, dice.

Los orígenes

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“Espérense que me está chingando el perrito”, señala jocoso, antes de hablar de su pasado.
“Aquí en El Nacimiento llevo toda la vida. Empecé a trabajar de ‘chiquio’ aquí, no en Estados Unidos”, señala. “Los grandes señores se ganaban 75 centavos al día, pero yo apenas me ganaba 30. Pagaban diez centavos el tercio de trigo, yo alcanzaba a hacer tres. Pero con esos 30 centavos, me lo tomaba soda (sic), compraba chicles, dulces y galletas”, rememora.

“En aquel tiempo el trabajo no pagaba mucho. Mi abuelita hacía canastas y mi abuelito hacía jabón de lechuguilla, cachas de hachas y cabo de talachas. Lo vendíamos para vivir, porque había veces que se ponía duro y no levantaba la cosecha.

“Sembrábamos con puro tiro (arado jalado por bueyes o caballos) y no era nuestro, era prestadito. Levantábamos frijol y maicito. Casi no comprábamos mandado, nomás harina, café, azúcar y cigarros, muy baratos en aquel tiempo. Y ahora eso vale… chingao, no sé cuanto vale, pero a lo mejor como 60 pesos”, dice mientras se afloja su corbata texana y se lleva un cigarro a la boca.

Chako gobernador

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El destino lo llevaría años más tarde a trabajar en los campos de Estados Unidos. “Yo hablo filipino e inglés también”, dice orgulloso, “no por inteligencia, sino por necesidad”, ataja. A diferencia de su español, su inglés es perfecto.

– Oiga, Don Chako ¿qué piensa de las fronteras? A los mexicanos les piden visa para ir a EE.UU. ¿qué pasa con los kikapú?

“Kikapú pasa libre, de aquí pa’ allá y de allá pa’ acá. Ahorita tenemos el ID”, dice mientras saca de su cartera una credencial. “Pero no es culpa de nosotros, sino de los traviesos que llegaban a la frontera y hacían como que hablaban kikapú, así pasaban muchos. Entonces ya después llegó el requisito, tenemos que tener ID. Ahorita ya le revisan todo a uno”.

– Oiga, hay quien dice que en Coahuila hay dos gobernadores…

“¡Ahhh, mi amigo decía eso! Estábamos parados ahí juntos y que me levanta la mano”, recuerda entre risas cuando el entonces gobernador de Coahuila, Humberto Moreira*, dijo en su quinto informe de actividades, que el estado tenía dos gobernadores, él y Aniko Manta.

Sin embargo, Chakoka cuenta que cuando se enteró de la megadueda* que heredó su colega, dijo: “No, yo ya no quiero ser gobernador”.

“¿Quién sabe dónde andará amigo?”, agrega, “pero quedó su hermano (Rubén Moreira) que es amigo como quiera. Hace poco me ayudó para que acarreáramos los palos para las chozas”.

Ésa era parte del trabajo del jefe, lidiar con las autoridades. “Yo participo mucho, tengo muchos conocidos, autoridades y gobiernos, senadores, diputados, presidentes municipales, la policía, todos son mis amigos, pero hemos tenido como quiera problemas cuando queremos cortar los palos de tule, el material de nuestras chozas”, dice en referencia a la construcción de las viviendas indias, donde llevan a cabo sus rituales sagrados.

“Tenemos aquí más de 200 años y antes nadie se molestaba porque cazábamos venado ¡si teníamos ese derecho desde Cárdenas!, pero ahora el gobernador Rubén me ayudó. ‘Yo me encargo de todo eso’, dijo, porque no pueden detenernos, es parte de la tradición. Por eso yo pienso que no es justo que agarren a nuestros muchachos y los quieran meter ‘al bote’* por acarrear los tules que crecen en el río. Aunque los metan, van a salir y los van a seguir cortando, porque para nosotros son muy importantes esas dos cosas, el tule y el venado. Son la tradición”, sostiene.

A los hermanos indígenas

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– Y ¿qué le diría, jefe, a otras comunidades indígenas del mundo?

“Ahh sí, quiero que me diga como se llaman los indígenas de allá (Argentina)”, le dice al Pato Che, quien le baraja algunos nombres: “wichis, mocovíes, mapuches… también estaban los comechingones…”, le comenta.

“¡Ah cabrón! Comechingones ¡qué bonito nombre ese! A lo mejor hablamos igual los indígenas de aquí y de allá, a lo mejor nos entendemos”, se entusiasma.

“Oye chamaco, trae el marco con el monito (caricatura) arriba de un palo”, le ordena a uno de los nietos. Se refiere a una dibujo enmarcado que reza: “The legacy of disenrollment” (El legado de la desafiliación).

“Mira, pon atención”, señala, “a este árbol, lo mocharon. El monito está en la punta y ya no tiene a dónde irse. Así es como pasa a los indígenas: el monito dice ‘¡ayúdame! porque ya se perdió mi tradición, se perdió mi lengua’.
“Y entonces el gobierno, que está abajo, esperándolo a que se caiga, le dice: ‘mira, yo qué culpa tengo, ustedes tienen la culpa porque perdieron la tradición y lengua indígena’”, alecciona.

Y remata: “Aquí en México hay muchos indígenas y en Estados Unidos también, pero todos están perdiendo la tradición y su lengua ¡Pos ni modo, ellos tienen culpa! ¿Quién tiene más culpa? Uno mismo. Nomás uno pierde la lengua, pos se chingó ¿de dónde la consigue otra vez?

“Esto le digo, porque yo no la pierdo todavía, aquí los niños hablan kikapú, algunos no quieren y me da coraje, pero mis nietos todos hablan kikapú. Todavía estamos muy tradicionales. Todavía usamos trajes típicos en las ceremonias y bailes: el penacho, la camisa, la chaparrera. Aquí los kikapú, todavía no lo perdemos. Yo no lo dejaré, pero quién sabe más adelante, las decisiones que tomen mis hijos…”.

Otro mundo es posible

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– Por último, Chako, ¿cree que un mundo mejor es posible?

“Depende como actuemos nosotros. Ahorita como estamos, lo que está pasando, nosotros mismos estamos haciendo que se termine el mundo ¿me entiende? Todos sabemos qué es lo que está pasando en México. Hay muchos desaparecidos, más que en la guerra. Yo no quisiera que se sintiera eso ¿verdad?, pero bueno, aquí estamos”.

Nos despedimos con la promesa de volver a visitarlo. Ese día nunca llegó, pero como legado de aquel encuentro queda esta crónica. Ojalá que sus sabias palabras contribuyan a que las culturas indígenas de nuestro continente sigan atesorando sus costumbres y conocimientos.

Kepishe, jefe, au nenia (“Gracias, jefe, hasta pronto”).

 

 

Gracias a:
Al “Jefe de Jefes”, Chakoka Aniko Manta y a sus nietos, por recibirnos en El Nacimiento.
A Dulce Herrera y El Güero por hacer posible esta visita.
A los Negros Mascogos a quienes también saludamos, pero a quienes fue imposible entrevistar por malas experiencias con otros documentalistas. Esperemos que de regreso sea posible.
A la familia Palacios, por consentirnos en Sabinas.

*Clamato: bebida alcohólica a base de vodka o cerveza, limón, salsa inglesa, salsa Tabasco, jugo de tomate y almejas y especias.

*Carta Blanca: marca de cerveza que adoran los sabinenses.

*Tule: también llamado junco, es una planta acuática nativa de los lagos y pantanos de Norteamérica. Es el material con el que los kikapús construyen sus chozas, llamadas viviendas indias.

*Bote: cárcel.

*Humberto Moreira y *megadeuda: ex gobernador del estado de Coahuila. Durante su sexenio de gestó una deuda pública de más de 37 mil millones de pesos, parte de la cual se contrató con documentos falsos. Le sucedió su hermano Rubén, actual gobernador de la entidad.

 

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